Las feministas transfronterizas se pronuncian contra el racismo sistémico

July 2020

Las vidas negras importan! Ese es el grito que ha estado sonando en todo el mundo durante la últimas semanas en respuesta a los recientes asesinatos policiales de George Floyd, otros cuatro hombres afroamericanos, una mujer negra y un hombre trans negro. Es un grito contra la brutal violencia policial y contra el racismo institucional. Las fuerzas policiales no se detienen, ni siquiera durante la pandemia, invadiendo casas, profundizando un verdadero genocidio de negros y negras en los Estados Unidos. La violencia racista y sexista se combina con la precaria situación de los y las más oprimides por el capitalismo neoliberal, potenciando el ataque a la vida de la gente. Lo vemos en la guerra internacional en Medio Oriente con los ataques genocidas al pueblo kurdo y en las deshumanas anexiones por Israel de Palestina, en el racismo contra las mujeres en Bolivia y en la militarización violadora de Colombia. En Buenos Aires, en las favelas de Río de Janeiro, otras grandes ciudades y en las regiones indígenas como las en México, las muertes por coronavirus continúan aumentando de forma exponencial, mientras que los gobiernos siguen sin adoptar medidas de apoyo e intervención, y olvidándose sistemáticamente de proporcionar medidas de protección y aislamiento en los centros de recepción y detención de migrantes. Los pocos subsidios del gobierno, siempre demasiado bajos en comparación con los garantizados a las empresas, no se destinan a trabajadores indocumentades ni a personas de la economía informal.

El racismo institucional ha mostrado su cara más violenta incluso en esta época de pandemia. Las personas de color y les migrantes con mal pago, especialmente las mujeres, han hecho el trabajo indispensable, y han sido la fuerza para apoyar las necesidades sociales durante la cuarentena. Enfermeras y enfermeros de primera línea contra el covid19, cuidadores, recolectores de basura, trabajadores de limpieza en todas las instalaciones que debían ser constantemente higienizadas, trabajadores en las fábricas que no podían parar, porteadores y repartidores que aseguraban que las mercancías siguieran llegando a las casas. Sin embargo, su papel central en el funcionamiento de la economía global arrodillado por el virus no estuvo acompañado de una regularización incondicional, aumentos salariales o mejores condiciones contractuales. Algunos países europeos se han apresurado a realizar regularizaciones sectoriales y de duración determinada, con el único objetivo de poner a trabajar la mano de obra migrante en sectores como la agricultura o el trabajo doméstico, pero dejándola en la clandestinidad en cuanto se agotan los pocos meses de validez del permiso de residencia.

En las favelas de Río de Janeiro y las periferias de todo el Brasil, los financiamientos a las empresas, que los gobiernos han proporcionado para hacer frente a la crisis casi en todas partes del mundo, no han tenido en cuenta a les que no tienen documentos y a les que no tienen un contrato regular. La pandemia ha hecho aún más evidente cómo el racismo institucional y la opresión intensificada de las mujeres de color se articula a escala mundial. La violencia racista llevada a cabo por el cuerpo de policía no es más que la cara más brutal de la sociedad capitalista neoliberal, que en sus momentos de crisis refuerza ferozmente su estructura patriarcal y racista para mantener ganancias y reunir apoyo de la extrema derecha. Las mujeres y los hombres migrantes, les negres, otras personas de color, y también la gente blanca, las personas queer y trans, cada vez más afectadas por los efectos económicos de esta crisis de salud, no han estado observando en silencio. Ataques policiales en medio de la cuarentena, incluidos los asesinatos de George Floyd y Breonna Taylor en los EE. UU., la matanza de 12 negros y migrantes en las banlieues parisinas, la violación de una mujer de la comunidad Qom en la región del Chaco argentino, el asesinato de los niños y jóvenes negros en Brasil y el asesinato de Alejandro Treuquil en Chile son todos intentos para silenciar las protestas contra las desigualdades sociales, de salud y económicas. Pero en todo el mundo ha habido una respuesta sin precedentes: millones de personas han declarado vigorosamente que "quieren respirar" y que ya no están dispuestas a aceptar la violencia, la opresión, la subordinación y la explotación en que se basa la sociedad capitalista neoliberal. En los Estados Unidos, las multitudes oceánicas atraviesan todas las ciudades del país, exigiendo una transformación radical de la sociedad y exigiendo el fin del privilegio de raza, clase y género y de la policía militarizada. En París (Francia), cientos de miles de personas y colectivos han tomado a las calles para manifestarse contra la discriminación, el racismo y por una vida libre de chantaje racista del permiso de residencia que los encarcela a ellos y a los y las migrantes. En Ciudad del Cabo, Nairobi y Accra, se han producido movilizaciones de solidaridad con el movimiento Black Lives Matter, que han culminado en violentos enfrentamientos con las fuerzas policiales.

Como activistas feministas, estamos familiarizadas con la violencia racista y patriarcal porque nos rebelamos en contra de ella a diario. Somos conscientes de los intentos racistas y autoritarios de los gobiernos para darnos migajas en lugar de un cambio real. Las mujeres de color de la clase trabajadora, especialmente las mujeres negras, proporcionan un liderazgo crucial a nuestros movimientos porque experimentan la brutalidad total del sistema.La huelga feminista global y las protestas masivas han sido nuestra arma contra el racismo y el sexismo. En los últimos cuatro años, hemos invadido plazas y calles de todo el mundo gritando que el feminismo debe ser antirracista y que si nuestras vidas no cuentan, hacemos huelga. En estas semanas como feministas nos hemos unido al grito en las calles de todo el mundo, de Estados Unidos a Francia, de Argentina a Nairobi y hasta Australia. Hemos gritado con rabia con negros, latinos, indígenas, hombres y mujeres, con comunidades de migrantes y LGBTIQ+, contra la represión y la violencia policial, condiciones de trabajo inseguras, protecciones de salud desiguales, contra leyes racistas que nos impiden circular libremente y que hacen que nuestras vidas dependan de documentos siempre caducados y de trabajos precarios, contra gobiernos que nos matan por el color de nuestra piel y solo nos quieren como mano de obra obediente para explotar. Los patrones animan el fanatismo para dividir y debilitar nuestras luchas, y aumentar sus ganancias. Pero cuando nos damos cuenta de que tenemos un enemigo común en el sistema capitalista, también descubrimos los fundamentos de un movimiento unido.

Estamos y siempre estaremos del lado de aquelles que luchan contra el racismo, de quienes luchan contra los patrones que piensan que pueden imponer salarios de hambre y ritmos insostenibles marcados por el acoso y violencia sexual, el racismo y la discriminación contra las personas LGBTIQ+. Somos parte de la marea de trabajadores que se levanta contra todas las formas de intolerancia y no nos quedaremos calladas hasta que derribemos las instituciones y la cultura que lo legitima. La forma en que Black Lives Matter desarrolla es importante para todes nosotres, porque la lucha negra es crucial no solo para la igualdad negra, sino para todos los movimientos y toda la clase trabajadora. La erupción global de un movimiento negro nos llama a seguir luchando para derrotar la organización racista, patriarcal y capitalista de la sociedad, porque la liberación negra es la liberación de todas y todos. ¡Nos queremos vivas y libres de violencia racista y la opresión!

¡Arriba las que luchan!

Feministas Transfronterizas

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